Los huracanes son desastres corteses

Figura 1. Un montaje de diferentes imágenes del huracán Georges tomadas mientras se movía del océano Atlántico central a la costa americana. La imagen es cortesía de National Oceanic and Atmospheric Administration/Department of Commerce.
Figura 2. Fotografía compuesta de satélite, del huracán Georges, en septiembre 22 de 1998, un poco después de que irrumpió a través de Puerto Rico. Nubes de forma espiral giran alrededor del gran ojo. La imagen es cortesía de National Oceanic and Atmospheric Administration/Department of Commerce.

Los huracanes son desastres corteses

De todos los mayores desastres naturales del planeta – incluyendo terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, avalanchas, etc. - los huracanes son los únicos que advierten con tiempo a sus víctimas, a distancia.

“¡Hola! Acá estoy incubándome en las costas de África”, les dice a los isleños del Caribe en una brillante mañana de septiembre.

“Muy bien, me estoy batiendo en el medio del Atlántico. Es mejor que me tomen en serio”, avisa varios días después.

“Oye, realmente estoy creciendo y me dirijo hacia las Antillas Menores. Es tiempo de que se aprovisionen”, advierte de manera amenazadora unos días después.

“¡Pónganse las pilas, Puerto Rico! Acabo de pulverizar la isla de Guadalupe y eso no me ha detenido. Allá voy. ¡Cierren las escotillas!”
 
¿Podría imaginarse algún desastre más cortés?

En los tiempos de antaño...
La gente nunca apreció la cortesía de los huracanes hasta que los científicos descubrieron la tecnología para rastrearlos. Hasta hace poco, no había fotos de satélite ni aviones que volaran dentro del ojo del huracán. Los indígenas araucos le describieron a Cristóbal Colón las señales que advertían de la llegada de los huracanes y él les hizo caso. Al menos en una ocasión, este conocimiento salvó la flota de Colón de perecer en el mar. Los isleños de las Antillas Menores eventualmente aprendieron que los huracanes tendían a azotar durante agosto y septiembre. Ellos prestaban mucha atención a las señales: un sol brumoso, una suave llovizna, ráfagas de viento y lo más notable, el vuelo errático, tierra adentro, de la tijereta de mar, conocida en las islas como el ave de los huracanes.

¿Qué significa el nombre? 
La palabra “huracán” proviene de una palabra de los indígenas araucos. Los indígenas usaban el término huracán al conversar con los primeros pobladores españoles. Los ingleses adaptaron la pronunciación, más tarde. En el otro lado del mundo, en el Océano Pacífico, el mismo fenómeno se conoce como un “tifón”. Ese nombre viene de la fusión de palabras chinas y árabes. Un término universal para este tipo de tormenta es ciclón.

Por siglos los isleños católicos nombraban a los huracanes por el nombre del santo que correspondía al día en que azotaba una tormenta. A algunas tormentas se les cambiaron los nombres tras que causaran terribles daños. Una tormenta especialmente violenta, que devastó prácticamente todas las islas de las Antillas Menores, permanecerá en la infamia como el Gran Huracán de 1780. En las décadas recientes, los nombres escogidos por la Organización Meteorológica Mundial - Betsy, Beulah, Camille – se  adoptan universalmente. En tiempos recientes, se ha empezado a usar los nombres de hombres y mujeres, de manera alterna. Hoy, puedes oír de huracanes llamados Anna, Bob, Cynthia, Donald, Esther y Frank. 

Una definición, ¿por favor? 
Un huracán es una tormenta en la cual un inmenso sistema de nubes y fuertes lluvias y vientos circulan alrededor de un centro que permanece en calma. Se origina en las aguas cálidas tropicales y luego se mueve pesadamente a través del océano, a velocidades de 5 a 20 millas por hora (8 kilómetros a 32 kilómetros por hora), mientras gira alrededor de un núcleo de presión atmosférica baja. Aunque la tormenta entera se mueve lentamente, los vientos giratorios de la tormenta soplan a velocidades de 74 millas por hora (119 kilómetros por hora) en el huracán más pequeño y hasta casi 150 millas por hora (241 kilómetros por hora) en las tormentas más fuertes. 

¿Qué tal una imagen? 
Imagínate la peor tormenta que puedas: nubes oscuras batiéndose. La lluvia tan copiosa que casi no puedes ver tus manos frente a ti. Los vientos tan fuertes que doblan los árboles jóvenes hasta ponerlos paralelos al piso.  Las casas vuelan en pedazos. Las hojas y las ramas se arrancan de los árboles grandes, para dejar atrás troncos despejados. Los árboles pequeños y otras plantas simplemente se arrancan del suelo. Fuertes ráfagas de lluvias tropicales inundan todos los surcos y hondonadas, y acarrean todo lo que esté suelto: árboles, casas, animales y gente.

El área central de la tormenta, en algunos casos casi 15 millas (24 km) de diámetro, se llama el “ojo”. En el ojo, el aire está en calma, las nubes se dispersan y se pueden ver manchas de cielo azul. Pero la calma del ojo es solo una ilusión. Les da esperanza a los marineros e isleños de que lo peor ha pasado. De hecho, cuando pasa el ojo, a la tormenta le queda la mitad por pasar. Algunos de los vientos más fuertes comienzan a aullar – desde la dirección opuesta – tan pronto como pasa el ojo. 

¿Cuán frecuente?
Los huracanes surgen debido al calentamiento solar del océano tropical y de los vientos producidos por la rotación terrestre, de manera que los huracanes existen desde que surgieron los océanos. Más o menos una docena de huracanes se forman en el Atlántico, cada año. Algunos de ellos son fuertes. Se pasean casi al azar a lo largo del mar, pero son tan grandes y tan frecuentes que a cada isla le toca ser azotada por un gran huracán, una vez cada varias décadas. Las plantas y los animales del Caribe han tenido que adaptarse a los huracanes igual que las plantas y los animales se han adaptado a los fuegos del oeste norteamericano.