Cuento de un coquí

Cuento de un coquí

Un cuento popular

Una vez hubo un niño muy joven llamado Juan. Su familia se iba de Puerto Rico para mudarse a una gran ciudad lejana, al norte, donde el papá de Juan consiguió un nuevo trabajo. Juan no se quiso ir. Mientras más pensaba en irse, más triste se ponía. Bueno, hay personas que cuando no están felices no quieren que los demás tampoco lo estén y Juan era una de esas personas. Se esforzaba por hacer miserable la vida de sus padres. Se pasaba demandado una cosa tras otra. “No iré a menos que me compren una bicicleta nueva” o “no iré a menos que me pongan una extensión telefónica en mi cuarto”. (Recuerden que los cuentos populares usualmente toman lugar en tiempos de antaño, mucho antes del Internet y los mensajes de texto.)

La noche antes de irse, al acostarse en su cama y escuchar los cantos de los coquíes posados afuera en los árboles, Juan sollozó hasta quedarse dormido. En la mañana le hizo una última demanda a sus padres: “No iré a menos que pueda llevarme unos coquíes conmigo para poder dormir”.

A sus padres esto no les pareció buena idea. Primero, sería difícil capturar una de estas criaturas tímidas. Segundo, lo más seguro es que las ranas se morirían durante el viaje. De todas formas, buscaron coquíes. (A veces los padres hacen lo incorrecto por razones correctas.) Buscaron por más de una hora en los árboles y arbustos cercanos a su hogar (afortunadamente, ya habían empacado la mudanza) y con un poco de suerte, lograron capturar dos ranas juveniles. Juan se puso casi feliz al colocarlas cuidadosamente en la caja de zapatos que había preparado con muchos agujeros para que entrara aire y luz. Les echó como entremeses unos mosquitos rellenitos, que resultaron ser más fáciles para obtener que las mismas ranas. Finalmente, guardó la caja de zapatos cerca de la parte superior de su mochila, para que los coquíes pudiesen respirar sin problemas durante el viaje. Después de todo, él no era cruel. Simplemente era un niño triste.

Esa noche, tras un largo vuelo de avión y una larga travesía en taxi durante la hora del tapón, Juan se acostó en una cama extraña, en un cuarto vacío, en un apartamento que era su nuevo hogar. Le rodeaba una ciudad todavía más extraña, donde la gente se gritaba en idiomas que él no conocía y donde, al exhalar, la neblina salía de su boca. Puso la caja de zapatos al lado de su cama. Se acostó y escuchó, y seguía escuchando. Lo único que podía escuchar era las bocinas de los carros, los frenos de los camiones y los ruidos chirriantes que salían de algo llamado “el radiador”. Él sabía que los coquíes estaban vivos, pues los podía ver a través de los agujeros de ventilación. Las luces pálidas de la ciudad se reflejaban en los ojos protuberantes de los coquíes. Pero, no cantaban. No cantaban un “QUÍ” ni el más leve “CO”.

"¡Mamá!", primero susurró Juan y luego gritó hasta despertar a su mamá. Como toda buena madre, su mamá se levantó de la cama de manera silenciosa para no despertar a su esposo. Se quedó parada junto a la cama de Juan. Juan le dijo a su madre lo que ocurría en la caja, bueno, en realidad, lo que no ocurría. Su madre sonrío tristemente. Gentilmente le acarició y movió el pelo que caía sobre sus ojos atribulados. “Tu abuela siempre dijo que si uno sacaba coquíes de la isla no volverían a cantar. Siempre pensé que era solo uno de esos cuentos populares que le gustaba contarnos cuando nos acostábamos, pero supongo que es cierto. Al igual que tú, estas ranas aman a Puerto Rico y se sienten tristes”.

Juan pensó mucho en las palabras de su madre. Ahora se sentía triste, pero de manera distinta. Se sentía triste porque había sido egoísta. Se sentía triste porque hizo que las ranas tuviesen que salir de la isla. Había sido injusto. Juan durmió, pero no durmió bien. Por la mañana, Juan le preguntó a su mamá si pudiese enviar las ranas de regreso a Puerto Rico y según tiende a ocurrir en los buenos cuentos populares, su madre encontró a alguien quien regresaba a la isla esa misma noche y quien aceptó llevarse la caja de zapatos y regresar las ranas a su antiguo vecindario.

Por alguna razón, Juan se puso menos triste tras enviar de regreso a las ranas. Ya no demandaba tener una bicicleta (no había lugar para correrla), pero todavía quería tener una extensión telefónica. Aunque no logró obtenerla, se le permitió de vez en cuando hacer llamadas a sus amigos en Puerto Rico. Él llamaba de noche y ellos le dejaban escuchar los coquíes. Después de unos meses, Juan había hecho unos cuantos nuevos amigos y era casi feliz, pero, los sonidos de la congestión vehicular de la ciudad nunca pudieron ser tan dulces como los sonidos de los coquíes.

Y te preguntarás, ¿qué les pasó a los coquíes? Están de regreso a sus casas, cantando con emoción y serenando a la pequeña niña quien ahora duerme en el cuarto que una vez era de Juan.

Nota de la autora: Este cuento tiene tantas versiones como las personas que aman a Puerto Rico y se han ido de allí. Denota el afecto que los puertorriqueños sienten por sus diminutas ranas. Puedes escuchar a los coquíes en todas partes donde haya árboles y humedad, y encuentras sus semejanzas dondequiera: en camisetas, postales, ceniceros, gorras, artesanías, insignias, libretas, tazas, telas y en un montón de recuerdos (souvenirs). Hasta puedes encontrar, en rocas y cuevas, imágenes de coquíes que fueron talladas por los taínos, hace siglos. Los cantos de los coquíes se venden en discos compactos y algunas personas graban los cantos en sus máquinas de contestar llamadas, para que sus amigos y familiares, quienes viven lejos, puedan escucharlos y recordar su isla. Esta diminuta rana se ha convertido en la mascota no oficial de Puerto Rico. Pero, aun así hay tanto más que tiene que ver con el coquí, que los cuentos populares y los recuerdos materiales. Algunos de los hechos son muy interesantes y tal vez hasta más extraños que los cuentos mismos. 

Nota del editor: Aunque la autora nos muestra un gran afecto, ella es algo demasiada sentimental, ingenua y no muy conocedora del tema. El cuento popular, en el que los coquíes no cantan al abandonar la isla, es meramente eso, un cuento popular. En realidad, sí cantamos si las condiciones son las correctas y un pequeño grupo de ranas llegó a Hawái y allí encontró que las condiciones eran excelentes. Aún prosperan y cantan con emoción. Desafortunadamente, los hawaianos no consideran que los cantos sean nanas para dormir, sino un clamor molestoso y se han hecho esfuerzos para exterminar millones de coquíes en Hawái, lo cual es el genocidio de coquíes más grande de la historia. Hay que presentar los hechos.